Verifica qué licencias respaladan cuentas, pagos y tarjetas, y bajo qué jurisdicciones operan. Asegura la vigencia, revisa sanciones previas y evalúa su apetito de riesgo sectorial. Un banco corresponsal entusiasmado con fintech puede acelerar onboarding; otro más conservador frena lanzamientos críticos. Pide evidencia de pasaportes regulatorios, gobernanza de terceros y comités de riesgo. Sin claridad documental y canales directos de cumplimiento, cualquier promesa técnica queda a merced de demoras y sorpresas peligrosas.
La compatibilidad funcional hoy no garantiza competitividad mañana. Exige roadmaps con hitos fechados, criterios de priorización y ventanas de prueba tempranas. Documenta límites duros: cantidades por cliente, velocidad de emisión, formatos de conciliación, tiempos de disputa. Si una capacidad clave está en desarrollo, define salvaguardas por retraso. Solicita notas de versión claras y entornos previos estables. Lo que no se mide y prototipa temprano se convierte en deuda de integración difícil de pagar después.
La mejor API se vuelve inútil sin soporte humano competente. Verifica la cobertura horaria, tiempos de primera respuesta, vías de escalamiento y simulacros de desastre. Pide métricas históricas de disponibilidad y datos de incidentes públicos. Asegura runbooks compartidos para fallas frecuentes y ejercicios de chaos engineering. Cuando un festivo bancario disparó consultas, un chat compartido con ingenieros del proveedor redujo tiempos de resolución a minutos, evitando colas, reintentos masivos y frustración de clientes valiosos.